El teatro no es para pobres

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Artículo publicado en Núvol el 30 de mayo de 2016

 

El titulo puede parecer provocador y su sentido es, sin duda, preocupante

Pero los datos no engañan, el análisis de millones de tickets vendidos aquí, en el Reino Unido o en Nueva Zelanda lo corroboran: existe una correlación entre el nivel de renta y el nivel de consumo cultural (*).

Podemos analizar este hecho a partir de la residencia. No deja de ser una aproximación, pero es una buena aproximación: dime dónde vives y te diré qué nivel de renta dispone tu unidad familiar y el nivel de consumo cultural que realiza. En Catalunya y Barcelona lo sabemos bien y tenemos el nivel de renta familiar disponible por ciudades, distritos y barrios, y constatamos amplias diferencias. En el Reino Unido tienen esa información con un nivel de resolución mucho mayor, prácticamente por cada manzana, por el hecho de tener una distribución de códigos postales mucho más útil y con datos disponibles asociados.

Podemos estudiar el % de consumo cultural en función del nivel de renta y concluir que las áreas con altos niveles de renta también tienen mayores índices de consumo cultural.

 

Es verdad, los pobres van menos al teatro

Esta cruda realidad no es del agrado de nadie, seguro. Como también es evidente que revertir esta situación no tiene la misma importancia para todo el mundo ni, probablemente, haya coincidencia en las recetas para intentarlo. Sobre estas diferencias y sobre cómo afrontar este problema va esta reflexión.

Es fácil deducir que si los pobres no van al teatro, a un concierto sinfónico o a una ópera, es porque es caro. Las familias con menos renta, disponen de menos recursos para destinar al ocio y a la cultura y el precio de las entradas les puede resultar una barrera. Podemos pensar que si bajamos la barrera, si reducimos el precio de las entradas, les facilitaremos el acceso. La lógica de esta argumentación es sólida, pero lleva implícita una simplificación de la realidad.

Evaluar si una entrada para un espectáculo es cara o barata requeriría de un análisis comparativo. Este análisis pondría en la balanza precio y percepción de valor y, inevitablemente, la percepción de valor será diferente para cada persona. Encontraremos opiniones en todos los sentidos sobre el precio de un concierto de la Filarmónica de Berlín o de Coldplay. Es muy probable que alguien considere demasiado caro pagar 12 € por ir al cine y opine que 90 € por un partido de futbol es un buen precio.

 

“Producir” cultura en vivo es caro, es costoso

Es un hecho incontestable que producir cultura en vivo es una actividad “artesanal” que requiere de múltiples y especializados recursos humanos, a menudo de grandes infraestructuras con altas dosis de creatividad, de preparación, de ensayo y de riesgo, de I+D, de escenografías y vestuario construidos para la ocasión… y todo suma en el precio final.

La mejor demostración de esto la tenemos en la cartelera, donde la crisis –especialmente para las compañías y teatros privados– ha reducido los presupuestos de producción de forma muy significativa. Estos costes elevados van a repercutir en importes de entradas altos, moderados solo por los recursos públicos que la sociedad decida dedicar a cultura –a través de los responsables elegidos de sus administraciones–. Y es bien sabido que en estos momentos estos recursos son pocos y se han visto reducidos tanto por la disminución de subvenciones, como por unas mayores cargas impositivas.
Por lo tanto, podríamos decir que los importes de las entradas, cuando menos en general, están justificados.

 

Llegados aquí, saltan las preguntas

Blondinrikard-Fröberg_Flickr

¿Esto condena a la cultura de la que hablamos a ser elitista? ¿Es el precio una barrera determinante para facilitar el acceso a la cultura en vivo para las capas con menores rentas disponibles de nuestra sociedad (la mayoría por otra parte)?

¿Reduciendo el precio, vía subvención y reducción de coste de producción conseguiremos que la cultura llegue mejor a los barrios menos favorecidos económicamente? ¿Las subvenciones deben tener como misión fundamental abaratar los precios y son la herramienta adecuada para luchar contra la exclusión social en la cultura?

La respuesta es no. El precio, siendo un factor a tener en cuenta, no es la barrera determinante para el acceso a la cultura. Reduciendo precios sin más, no conseguiremos ni más públicos ni, especialmente, nuevos públicos de rentas bajas. ¡Ojalá fuera tan fácil!

Precisamente son los públicos de mayor frecuencia –los aficionados fieles– los que más agradecerán una reducción de precios. Independientemente de su nivel de renta, las audiencias de mayor frecuencia son más sensibles al precio de una entrada individual. Así lo confirman los datos y así parece lógico si pensamos que los amantes de la cultura en vivo, asistiendo más al teatro, tienen un mayor gasto global. Si este gasto global es limitado en su máximo, lo intentaran aprovechar con el mayor número de experiencias culturales posible.

 

Las respuestas son marxistas

La razón por la que la respuesta a este reto es más compleja está en la balanza. Las personas con rentas bajas tienen menor disposición económica y también, y muy fundamentalmente, menor percepción del valor de (esta) cultura.

¿Es así porqué tienen menos renta? No; es así porque el nivel de renta, el barrio en el que vives, está relacionado con la clase social a la que perteneces. Y la clase social está relacionada con el nivel de estudios individual y del conjunto de la familia, con el acceso al conocimiento, con el bagaje cultural acumulado en tu entorno… Y estos son factores que van a tener un impacto directo y muy relevante en el interés por la cultura, en el valor otorgado por cada individuo a la cultura.

 

¡La cultura no es culpable de la desigualdad de su audiencia, la cultura es víctima de la desigualdad de la sociedad de la que forma parte!

Luipepunto_pixabay

¿Quiere decir esto que en los ámbitos de gestión y en las administraciones públicas dedicadas a cultura nos podemos liberar de la responsabilidad y despreocuparnos? En mi opinión, en absoluto, nos debería preocupar y ocupar. Y no por el bien de la cultura, sino por el bien de nuestra sociedad, pues es en la cultura y la creación donde encontraremos el espejo que nos permitirá avanzar como personas y reconocernos como comunidad.

Pero… si los pobres no van al teatro (recuperando la terminología intencionadamente provocativa) no es porque la cultura sea cara, ¡es porque son pobres! Y si queremos que los pobres vayan al teatro lo que tenemos que hacer es que dejen de ser pobres.

 

El trabajo en favor de la accesibilidad en cultura es una lucha contra la desigualdad, ni más ni menos

Una lucha a la que todos los ámbitos de la sociedad están llamados (esto vuelve a ser una opinión) y por lo tanto también la cultura, pero donde la cultura en si misma cuenta con limitadas herramientas y recursos para revertir la situación.

Modificar políticas de precios o participar en encomiables programas como Apropa Cultura son algunas de las opciones. Familiarizar a los más jóvenes con la cultura en campañas escolares es otro camino de futuro contra el aislamiento. Pero podemos ir más allá y entrar también en el producto, en los contenidos. Si queremos llegar a todas las capas de la sociedad debemos tener un relato que les sea relevante, debemos permeabilizar el proyecto a la comunidad con la que deseamos conectar, contar directamente con el usuario. Y la modulación del relato tiene sus límites; si hacemos futbol en el teatro (por no poner un ejemplo cultural que requiera de justificaciones) tendremos públicos de todas las capas sociales, pero no estaremos haciendo teatro que es nuestra misión en primer término. ¡Ah! ¡y medir! para mejorar hay que medir. Todo un reto artístico y de gestión.

Una vez más, en cultura tenemos una responsabilidad; pero reducir la desigualdad entre plateas y anfiteatros pasa por un sistema educativo eficaz que reduzca la desigualdad y, sobretodo, que no la aumente. Pasa porque éste sistema educativo facilite un contacto en primera persona con el arte y la creatividad. Pasa también por resolver el problema de la vivienda, por mejorar el mercado laboral y reducir el paro, por exigir unos contenidos de calidad en los medios públicos y porque los medios privados cumplan su función de informar verazmente… solo por poner algunos ejemplos.

¡Mucho trabajo por hacer!

 

(*) Aclaremos que estamos hablando de cultura ofrecida por equipamientos, cultura profesional y de pago. De la cultura en un sentido amplio, cultura como creación humana que nos constituye y hace comunidad, todos los seres humanos son consumidores y creadores allá donde estén.

 

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