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El mayor reto creativo de nuestra historia

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Photo by Debby Hudson on Unsplash

La cultura institucionalizada, la de los señores y señoras en edad y clase media, toma unas formas concretas que a menudo se convierten en corsés de lo que es o consideramos cultura.

Este marco está en crisis. No es una crisis nueva. Los cambios de reinado generacional comportan evoluciones estéticas. Pero sí lo es la amplitud y profundidad de la evolución que apenas empezamos a vivir. Y la causa es, como no, la digitalización.

Las artes toman forma de una determinada manera, con una liturgia y con unos cánones que son consustanciales a la experiencia como públicos. Es teatro si pasa a un escenario, por extraño que éste sea. Es música clásica u ópera si interpreta un cierto canon, de una cierta manera, en unos templos específicos, que exigen o recomiendan una cierta etiqueta, si respecto a las pausas y silencios con las que teóricamente fue ideada la obra en cuestión. Es un museo si asegura el silencio y la visita pausada, la exposición pasiva y ordenada de piezas antiguas y delicadas en las paredes.

Nuestras generaciones, las que todavía dominamos el mercado con nuestra capacidad de compra, hemos aceptado y definido estas formas más o menos explícitamente.

Estas liturgias nos ayudan a decodificar la obra, intermedian entre obra y espectador. Nuestras generaciones, las que todavía dominamos el mercado con nuestra capacidad de compra, hemos aceptado y definido estas formas más o menos explícitamente.

Las nuevas generaciones no impondrán unas nuevas formas, una evolución de los cánones. Las nuevas generaciones no aceptan intermediaciones.

El fenómeno es conocido, con la digitalización desaparece la intermediación. Bueno, en realidad, cambia, pero lo hace hasta tal punto que la nueva intermediación nada se parece a la original.

Desaparecen intermediarios entre clientes y empresas, forzando una reordenación completa de las cadenas de valor. Los periódicos y medios de comunicación tradicionales ven amenazado su monopolio como proveedores de información y compiten con nuevos canales digitales y las redes sociales donde se difunden. Las universidades ya no son los únicos médiums con capacidad para formar y acreditar el conocimiento. Los currículos se llenan de acreditaciones basadas más en contenidos reales que en títulos. Los creadores musicales ya no dependen de una industria basada en el control y la opacidad de la intermediación, pueden colgar sus contenidos y conectar con sus audiencias directamente a través de plataformas de streaming y redes sociales. Los creadores de narrativas nacen, se forman de manera autodidacta y logran grandes audiencias desde sus propios perfiles de Instagram, Twitch o TikTok.

El resultado es una sociedad del entretenimiento con acceso a infinitas creaciones libres de toda exigencia

El resultado es una sociedad del entretenimiento con acceso a infinitas creaciones libres de toda exigencia, donde el canon no es ni siquiera la negación del canon, sino su ausencia. Observemos los contenidos que consiguen mantener la atención de horas y horas de millones de adolescentes en todo el mundo. Pasee por las citadas nuevas plataformas, haga el esfuerzo de ver contenidos de los YouTubers / streamers / influencers del momento (más o menos evasores de impuestos). Nos sorprenderá el amateurismo, los déficits narrativos, la informalidad o la intrascendencia de los contenidos. Hagamos ahora un esfuerzo de empatía. Desde el nuevo paradigma, la cultura que nosotros gestionamos probablemente parezca un artificio frío de cartón piedra, una impostura falta de credibilidad y de autenticidad.

Es razonable pensar que el salto de experiencia es similar en las dos direcciones. Es decir, tanto interesante es para un adolescente sentarse en un teatro a oscuras y en silencio a ver un Hamlet de dos horas y cuarenta y cinco minutos, como para alguien de nosotros seguir a Twitch la narración de una partida de Fortnite. No estamos comparando el valor emancipador o formativo de las dos actividades, no estamos haciendo ningún tipo de juicio, estamos poniendo cara a cara dos experiencias que compiten para capturar tiempo, o lo harán en breve.

El ejemplo sirve para evidenciar cómo de diferentes son (y serán) los contenidos que conectan (y conectarán) a las audiencias del futuro, como de diferente será la cultura del futuro.

Por la cultura no hay que sufrir. Ni se crea ni se destruye, simplemente se transforma.

Las organizaciones que se enroque en una defensa de los modelos que consideramos cultura sufrirán, quedarán fuera de juego, simplemente

Para las instituciones y las organizaciones culturales es diferente. Las que se enroque en una defensa de los modelos que consideramos cultura sufrirán, quedarán fuera de juego, simplemente. Las que acepten la evolución de la sociedad en la que estamos inmersos, necesitarán nuevos contenidos relevantes, contenidos que puedan formar parte de la conversación con una audiencia que deberán conocer muy bien. Las fórmulas de despotismo ilustrado que tanta seguridad han proporcionado a los gestores de los últimos 40 años serán cada vez menos efectivas. Las propias organizaciones necesitarán de cambios de forma y fondo para adaptarse, ser menos presenciales y patrimoniales, menos protagonistas, más plataforma.

No, no estoy augurando la desaparición de las formas artísticas conocidas, estoy reflexionando (con todas las dudas del mundo) sobre el peligro de marginalización de su impacto. El peligro de ensimismamiento, de metacrear para unos segmentos sociales reducidos, con fuerte dependencia de corporativismos y de apoyo público. Un apoyo público que cuando el nuevo paradigma sea hegemónico también estará amenazado.

Para algún lector el horizonte descrito puede parecer distópico. No negaré los peligros implícitos y explícitos del momento, ni quiero caer en una simplificación posmoderna que lo reduzca todo a la misma banalidad. Sí que añadiré que nuestro presente tampoco es como para sacar pecho y el ideal de democratización cultural de finales de siglo XX es hoy un espejismo, o directamente, un fracaso que no ha hecho Bach masa menos marginal de lo que era y que, no lo olvidemos, la realidad no necesita de nuestra aprobación.

Prefiero ver el horizonte con la expectativa de nuevas oportunidades para relegitimar la cultura institucional y profesionalizada incrementando su impacto en la sociedad[1], con la ambición de aportar a nuestro entorno contenidos digitales emancipadores y formativos, que apelen a emociones complejas y reales en medio de un océano de click-Bait, con la responsabilidad de crear contenidos que ayuden a nuestros conciudadanos a mantener una dieta digital equilibrada.

Estamos, probablemente, ante el mayor reto creativo de nuestra historia.


[1] Ejemplos tenemos… el canal de YouTube Jaime Altozano y sus cerca de 3M de suscriptores, casi 20M de seguidores del canal de TikTok de @Jordi.koalitic haciendo fotografía creativa, los centenares de canales de divulgación científica, podcast que acumulan cada día más audiencia…

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