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El futuro del teatro o el teatro del futuro

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Por suerte o por desgracia nos ha tocado vivir en medio de una gran revolución humana. Compartimos experiencia con los que entre finales del s. XVIII y principios del XIX vieron como su mundo cambiaba radicalmente con la aparición de la máquina a vapor.

La revolución digital ha cambiado nuestras vidas y a una velocidad mucho mayor. Conviene recordarlo, y que la cercanía no nos haga perder la perspectiva.

El impacto en la cultura es, lógicamente, enorme. La digitalización ha cambiado la forma en que creamos y difundimos contenidos, así como la forma en que nos relacionamos a través de ellos ¿Y qué es la cultura si no la suma de todo ese contenido y todas esas relaciones?

El teatro, obviamente, no es ni será ajeno a esta revolución.

La música ya ha cambiado: nunca antes fue tan fácil crear, difundir, acceder o compartir música. La presencia que la música tiene en nuestras vidas es continua y ubicua. Ha aumentado la cantidad, calidad y diversidad de músicas que escuchamos gracias a la digitalización.

Sin duda vivimos en la edad de oro musical. De hecho, se puede decir que vivimos la edad de oro de la creación y la creatividad.

Ahora bien, no para todos los implicados el impacto ha sido positivo. Lo saben bien los profesionales de la industria musical. Los de la música grabada fueron los primeros en ser barridos (sin previo aviso) por una tecnología que ponía al alcance del usuario la replicación y distribución de las grabaciones, rompía con su “monopolio” y los convertía en intermediarios menos relevantes. Como ellos, el resto de los agentes de la cadena de valor han tenido que adaptarse, ocupar un nuevo rol útil, o desaparecer.

En esta transformación el directo se ha reivindicado como protagonista y ha crecido el peso de su aportación a la sostenibilidad de la industria, gestores y artistas profesionales. A menudo hemos oído que solo el directo “resistía” y salvaría a la industria.

En el resto de las artes escénicas, el directo siempre fue fundamental, tanto conceptualmente como en su aportación de ingresos. Se entiende que estas disciplinas, y el teatro en particular, miraran con tranquilidad, y hasta con cierta condescendencia, la debacle de la vecina musical.

“Nosotros estamos a salvo, el teatro debe vivirse en directo”.

El argumento parece sólido. Pero el impacto de la digitalización va más allá. La amenaza no está en las posibilidades de empaquetar digitalmente una obra de teatro, esto solo crearía un sucedáneo que puede replicarse infinitamente pero siempre sería eso, un sucedáneo infinito de la auténtica experiencia teatral.

Observemos un poco más las barbas del vecino.

Con las redes digitales y plataformas como Spotify los artistas han cambiado la forma en que se relacionan con sus audiencias y con sus más fieles seguidores. Ahora es mucho más directa. Han visto como se reducían las barreras, pudiendo llegar a audiencias lejanas sin la intervención de toda una cadena de distribución.

Ese mundo aplanado para difundir música en un mercado global ha supuesto oportunidades, pero también ha conllevado que la audiencia, también global, ha tenido acceso en igualdad de condiciones a todas las opciones; y ha escogido. Las audiencias se han polarizado, en el mainstream especialmente, pero también en los nichos, que asumiendo una nueva dimensión global ya son menos nicho que antes. El resultado: un pequeño porcentaje de canciones y artistas consiguen grandes audiencias, mientras que la inmensidad restante se reparte poca relevancia, dejando una clase media a la intemperie.

Una música sin fronteras en un mercado global con una audiencia planetaria requiere de una visión y gestión diferentes a todos los niveles. Tanto si el objetivo es conseguir la relevancia que nos ha de garantizar la sostenibilidad, como si queremos evitar una irrelevancia que vacíe de sentido el proyecto.

Esto es algo que artistas de nuevo cuño como los fenómenos Rosalía o Mago Pop parecen haber tenido presente a la hora de imaginar sus carreras.

Pero… ¿qué tiene que ver esto con el teatro?

La forma en la que las audiencias se relacionan con contenidos culturales ha cambiado. El precio de la relevancia es ahora mayor, la atención de nuestros potenciales espectadores se ha fragmentado y conseguir un pedacito de ella va a estar más caro que nunca. Hoy la competencia es mayor: ahora todo el mundo puede reclamar su porción de atención, también los creadores de mayor talento y los de más recursos de cada nicho.

Si pensamos en el público de teatro seguramente imaginaremos aquel que podríamos llamar “teatrero”. El conjunto de personas que por circunstancias de su vida (y suerte) ya han quedado contagiados con el virus. Saben que la experiencia teatral les llena, construye, entretiene, forma, emociona, ayuda a pensar, reflexionar, conocer, conocerse, entender mejor los tiempos actuales y como hemos llegado hasta aquí…Esas personas, que por la razón que sea, valoran y disfrutan a menudo del teatro, tienen claro que por más opciones que lleguen, el teatro siempre ocupará un espacio primordial en su tiempo y atención. Este “segmento” probablemente seguirá siendo igual de fiel a las salas de teatro que hasta ahora, aunque convendrá no olvidarnos que merecen ser bien cuidados, pues no son impermeables a propuestas cada vez más relevantes y accesibles desde el sofá de casa.

Pero los teatros no viven solo de estos públicos, necesitan de otros con menos experiencia. En el corto plazo, porque quizás la mitad o más de los ingresos propios provienen de un público más volátil. Y en el medio y largo, porque siempre será necesario renovar el grupo de usuarios amantes del teatro (y todo empieza en una primera visita).

Este segundo grupo es más sensible a distribuir su tiempo entre una mayor y más diversa oferta.

Pensemos especialmente en las nuevas generaciones, criadas entre pantallas y habituadas a relacionarse e interactuar con contenidos digitales personalizados, donde cada usuario puede encontrar su contenido, cuando quiera, donde quiera, a medida y a demanda, compartiéndolo y comentándolo a tiempo real con otros espectadores a lo largo y ancho del mundo, incluidos sus creadores y protagonistas. O lo que es lo mismo, poco habituadas a ceder toda su atención a un solo interlocutor en un espacio cerrado, en un momento determinado y solo ese, sin poder moverse y durante una, dos, tres o más horas.

Cuando animamos a asistir al teatro a nuevas audiencias podemos estar proponiendo una experiencia muy alejada en forma y liturgia de sus prácticas habituales. Exigir una inversión de confianza a espectadores que aún no han degustado el placer de la experiencia teatral en profundidad por culpa de un lost in translation inadvertido

Conseguir inocular la adicción teatral en nuevas audiencias puede ser cada vez más difícil.

Si el impacto va a ser de dimensión tsunami o de tormenta de verano está por ver, pero estaría bien no menospreciar su peligro potencial y confiarlo todo al espigón de la experiencia en directo.

Cuando menos conviene dedicar algo reflexión y debate. A ello pretende contribuir este artículo, escrito desde el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad, apuntando alguna idea y más preguntas que respuestas.

En primer lugar, dado que todo podría cambiar, vale la pena dedicar un momento a pensar y definir con claridad qué es ese todo. Cuál es nuestra razón de ser, refrescar nuestra misión a la luz de lo que viene.

Por poner un ejemplo, si gestionamos una filmoteca, nuestra reacción a la digitalización será diferente si nuestra misión es llenar la sala con espectadores o si lo es difundir y fomentar el interés por el séptimo arte. En el primer caso nuestra oferta ahora es menos relevante, si nos situamos en el segundo esquema dispondremos de nuevos recursos y oportunidades antes inimaginables.

¿Nos dedicamos a “alquilar butacas por horas” o a construir comunidades alrededor de un determinado relato y sus contenidos? ¿Es necesaria la presencialidad para estar interesado en ese relato y formar parte de esa comunidad? ¿Imaginamos esa relación con la comunidad, más o menos vertical? ¿Qué impacto queremos tener en nuestro entorno? ¿Cómo pensamos hacerlos, cómo pensamos evaluarlo? ¿Cómo deben ser los equipamientos o qué modificaciones serían deseables en los actuales para el desarrollo de un proyecto de base teatral en la era digital?

Respondiendo a éstas y otras preguntas podremos definir una nueva hoja de ruta, o cuando menos, un marco de trabajo en el que habremos tenido en consideración la digitalización y su impacto en nuestro presente/futuro.

A la vez, podremos analizar como la digitalización nos abre nuevas oportunidades, porque lo hace:

  • Se difuminan muchas barreras y una de ellas son las de los propios edificios, dejar atrás sus limitaciones y crear una comunidad al rededor del proyecto más amplia, consiguiendo un mayor y “mejor” impacto.
  • Se abarata la tecnología aplicable a la producción y a la gestión.
  • Se abren puertas de innovación y terrenos inexplorados en la creación.
  • Disponemos de datos que nos pueden ayudar a conocer y desarrollar nuestras audiencias y proyectos con métodos más científicos que aseguren el aprendizaje o la mejora en conseguir nuestros objetivos.

A pesar del citado pesimismo, que se entienda bien el mensaje del articulo: la función del teatro (de la creación y la cultura) gana relevancia y va a ser más necesaria que nunca en este mundo en transición y cada día más complejo en el que vivimos. No está tan claro que los espacios y los agentes implicados en el modelo de teatro tal y como lo conocemos tengan garantizada la misma buena salud.

La amenaza no reside en la digitalización de la obra teatral en sí, sino en el cambio en los patrones de consumo y las formas de relación con los contenidos que traen consigo esta revolución. Y el teatro, tranquilo ante el primer envite, puede no prestar suficiente atención al segundo.

El modelo clásico siempre existirá. Pero cabe la posibilidad que pierda relevancia social en beneficio de nuevos formatos, o incluso nuevas disciplinas o formas de expresión. Si es así, cada vez habrá dedicados menos espacios a “ese” teatro. Corre incluso el peligro de convertirse en un arte que necesite ser preservado y con sospechas de elitización, con un subsuelo emergente de creadores entusiastas y autoprecarizados. No será la primera vez que pasa.

Para acabar, nos faltan datos y reflexión para entender y prever las implicaciones que la digitalización tiene y va a tener en la cultura, también en las artes escénicas. En mi opinión (en ausencia de datos es lo único que tenemos), por si no ha quedado clara, lo que nos viene es un cambio importante, disruptivo. Y, parafraseando un proverbio chino, el mejor momento para prepararnos para un gran cambio fue hace 10 años; el segundo mejor momento para hacerlo es ahora.

 

Este artículo ha sido publicado en el nº 9 de la revista de Artes Escénicas “Red Escénica”

 

 

 

 

 

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